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      Sin consecuencias no hay límites

 

 

Por Ana C. Franco Vidal

Psicopedagoga

http://www.artesanadelavida.com/

  

No es posible educar sin aplicar consecuencias. Toda conducta, en realidad, tiene consecuencias, éstas pueden ser buenas o malas consecuencias.


 
Un límite es una norma expresada en palabras: “Puedes hacer esto, pero no esto otro”.

 

Cuando le decimos a un niño que algo no puede hacerlo, debemos explicarle el motivo, siempre teniendo en cuenta la edad y la capacidad de entendernos que el  niño tenga.

 

Poner límites da seguridad a los pequeños, les delimita el terreno y de alguna manera los guía para saber qué esperamos de ellos.

 

Antes de aplicar una consecuencia para modificar o eliminar una conducta no deseada, ha de quedar claro qué es lo que queremos modificar, qué conducta desaprobamos y así debemos hacérselo saber al niño. Hay veces, en que los padres riñen o castigan a sus hijos, y éstos no saben exactamente el motivo por el que lo hacen. Cuando es así, dificulta que la conducta se modifique.

 

¿Cómo aplicar consecuencias?

- La consecuencia hay que aplicarla de manera inmediata a la conducta inadecuada o al incumplimiento de la norma. Es la mejor manera de que se asocien conducta y consecuencia. No es efectiva si amenazamos varias veces antes de llevarla a cabo.

- La consecuencia hay que aplicarla sistemáticamente, es decir, en todas las ocasiones. No se trata de ser más blandos o más duros según el estado de humor que se tenga en ese momento.
 
- La consecuencia hay que aplicarla con respeto. Es decir, manteniendo la calma, sin criticar ni humillar al niño. La consecuencia no va contra el niño sino contra su conducta, es importante que le dejemos eso claro.

- La consecuencia será acorde a la magnitud de la conducta que queremos modificar o corregir. Además, la duración de la consecuencia no debe ser larga. No es necesario mandar a un niño de 5 años a su habitación media hora. Es igual, o más efectivo hacerlo durante 5 minutos.

 - Una vez aplicada la consecuencia, hacer borrón y cuenta nueva. Así trasmitimos al niño que confiamos en él.

Aún teniendo en cuenta estos consejos prácticos, aplicar consecuencias no es fácil. Y que los niños las acepten sin más, menos aún. Es normal y hasta bueno que los niños se cuestionen los límites, se acerquen a ellos y los sobrepasen. Así son los niños, expertos en poner a prueba a sus padres en un eterno juego te “tira y afloja”. Viendo hasta dónde están dispuestos a ceder y tratando siempre de salirse con la suya.
 
Los límites físicos también existen y los niños los cuestionan igualmente. Pero saltarse los límites físicos lleva aparejado consecuencias naturales (Si corro muy rápido y sin cuidado, tropiezo y me caigo, si toco el fuego me quemo, etc.).

Lo mismo ocurre con los límites educativos. Si se saltan hay que aplicar consecuencias. Eso es educar. Si se saltan y no se aplican consecuencias, lo que aprenden es a no respetar los límites, ni a quienes los imponen.
 
Cuando aplicamos consecuencias educativas de una manera coherente y sistemática los niños aprenden que cumplimos lo que decimos, se portan mejor y colaboran.

 

Si, por el contrario, nos mostramos débiles y no aplicamos las consecuencias, los niños se saltarán los límites sabiendo que saldrán impunes. O, lo que es peor, se arriesgarán a saltárselos para poner a prueba a los padres, a la vez desconcertados al no saber si los padres cumplirán o no lo que le han dicho que harían. Aprendiendo así que sus mayores no son firmes en lo que dicen, si no que sus acciones dependen de su humor, su cansancio, etc.

 

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